No le puedo quitar la mirada, me encanta saber como esta, donde esta, porque vino, porque no, estar al tanto de lo que hace, que me mire, que me detalle, reírme delante de él, llamar su atención, preguntarle cosas para que me hable. Me invade los nervios, captura la mayor parte de mi tiempo y no se porque, me confunde, me confunde mucho, produce sonrisas en los momento menos emotivos. Yo se que él también me mira, me devuelve las sonrisas, su nerviosismo no es tan claro por que él siente una leve superioridad que lo hace sentirse seguro de sí mimo, tal vez es mi cara de idiota lo que lo hace imponerse ante mi, aunque yo se que mi indiferencia de algunos días lo descontrola, lo hace perder el control, se siente equivocado, se siente montando en un video conmigo.

Hoy amanecí sin ganas de nada, no lo determino porque me estoy cansando del juego de la indiferencia, a él ya no le importo tanto, prefiero perder el tiempo en mi vida cotidiana, algo aburrida pero real, por lo menos. Salgo de clase un poco aburrido, miro mi celular y hay un mensaje de mi novia diciendo que hoy quiere verme, respondo desinteresada pero comprometedoramente diciéndole que la invito a cine. Entro al baño afanado porque he tomado agua toda la mañana, -“dios que chi chi el que tengo”-, deposito, descanso, respiro, subo mi bragueta y me pongo a fantasear un poco, con algún lugar soleado, al lado de una piscina, tal vez sean mis vacaciones… y otra vez aparece él, mi profesor, ¡ajj!, que pereza, no me lo puedo sacar de la cabeza, despierto de mi ensueño, abro la puerta, doy la vuelta y de un momento a otro me coge la cara, me mira a los ojos, me dice que me quede callado, me da un beso apasionado, me mete en el cubículo del sanitario y hasta acá llegó mi respiración y mi relato, sí, soy Mateo y definitivamente me gusta mi profesor.

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